Gerardo Plata Armenta, quiero recordar algo de mi viaje a tu país…

La exposición estaba programada para las 6:30. Y como sucede siempre, la expectativa de que, si llegará público o no, cuantos, y si los invitados que habíamos citado acudirían al evento, era el tema que nos tenía algo nerviosos…

Durante toda la mañana Michel y su esposa, Gerardo y yo estuvimos atareados en el montaje. Definitivamente llevaba mucha obra sin enmarcar, y mi anhelo era exponerla toda, así que tuvimos que ir a una tlapalería y comprar acrílicos, tirro, cartón para hacer ventanas y fondos. Total, que en ese ir y venir se fue la mañana y parte de la tarde. Pero, la montamos antes de la inauguración.

La Alianza Francesa de Puebla había anunciado para esa tarde, en su agenda cultural, la exposición de dibujos y pinturas, El Salvador en Puebla…

Originalmente, mi estimado amigo Michel L´Humbert, que en ese momento fungía como director general de las alianzas francesas en México, nos había invitado a Miguel Antonio Bonilla y a mí, a exponer dicha muestra en Puebla. Pero Miguel estaba ocupado trabajando en un cuadro de gran formato, por lo que desistió de participar en la exhibición.

Me tocó ir solo, y por esa razón es que llevaba mucha obra -entre enmarcada y no-, que, según yo, deberían cubrir el espacio asignado y no sabía si era grande o eran varias salas. Pero por las dudas, siempre es mejor que sobre, y no que falte. Habrá alguna excepción que no coincida con la premisa, pero este no era el caso. El caso es que llegamos a las instalaciones de La Alianza, -casi al filo de la inauguración que Michel y Thierry debían dar por inaugurada-, y el local estaba muy concurrido entre estudiantes, invitados especiales, y uno que otro artista…

Se me acerco un señor de unos 35 – 40 años, me saludo y comenzamos a cruzar palabras que nos llevaron a presentarnos como paisanos. De golpe, me invito a que fuera con Michel y Gerardo, a su casa, dijo sentirse emocionado de saludar a otro salvadoreño en México, y quedamos en que al día siguiente llegaríamos almorzar a su casa. Ese fue el día que probé por primera vez el mezcal…

Recordás Gerardo, que José -ese era el nombre de nuestro anfitrión- de entrada, nos ofreció un mezcal, pero nos preguntó si lo queríamos puro o combinado, -yo tuve miedo tomarlo puro-, había oído hablar tanto del tal mezcal -que me dije-, vale verga, yo loco, y con este trago adentro, ya bolo puedo hasta incendiarle la casa, quizás salir chulón al área de recreo que tiene la colonia, o mínimo, acabo puteando a este paisa, mejor lo tomo combinado, y solo uno… y así fue.

En realidad, no recuerdo el sabor, ni si me pegó el mezcalazo aquel. Pero la duda me quedó grabada, y juré que no moriría sin saber a ciencia cierta su sabor y sus reacciones, porque mi miedo a la invitación del paisa, fue más que todo por los tantos cuentos que he oído del mezcal. Sé que más de uno ha sido invento del pueblo, no sé, las razones, pero ahí están. Nombre, pero a lo que más temor le tengo es a lo que dicen de la pija que dura tres días, si te sale el gusanito en el trago que te den, -no, yo al menos, tengo miedo-, miedo de cometer alguna locura, quedarme atontado para siempre, o de la goma que pueda tener el siguiente día de los mescalazos, y lo peor es que ni siquiera una buena sopa de patas me la quite.

Bueno, el caso es que hace unos quince días, fuimos con Cecilia a comernos un coctelito -por supuesto que llevábamos mascarilla-, y nos lavábamos las manos a cada rato, además de estar a dos metros de los otros clientes. Y justo cuando salía del negocio, una señorita vendedora de un bazar, -muy bonita, por cierto-, rodante de la plaza, me sale al paso, ¡y que me ofrece una botella de mezcal!, ¡no hijueputa!, -dije-, y para terminar de joder es hecho en Puebla, así que me la compré.

Mirá Gerardo, a Ceci le da risa el rito que estoy haciendo para saborear el mezcal -que, en extraña situación de pandemia, se puso frente a mí-, y yo ni lento ni perezoso lo adquirí. Aparte de satisfacer la curiosidad del mezcal, te diré que la botella está linda; trae una charra sobre el tapón, un sarape rojo pequeñito en el cuello, y un morralito blanco que contiene un chile en polvo -se ve bravo, te diré-, pero mañana sin falta, lo voy a comprobar.

Dicen que el buen mezcal debe tener mínimo 45 grados de alcohol, -este tiene 40- pero para mí, está bien. No se trata de probarle a nadie, matonerías ni aguantes estúpidos al alcohol, se trata de probar el bendito mezcal y su mítico gusanito.

A diferencia del tequila, el mezcal se toma a sorbos -de ahí que le llamen la bebida de los besitos-, ya vamos a ver, porque eso de los besitos, me gusta, aunque lo del gusanito se supone que es una estrategia de venta. Se acompaña, -dicen- con sal de chapulín y rodajitas de naranja. Quizás ya bolo, me los tome puros y sin boca…

Le he tomado varias fotos a la botellita y su contenido color amarillo oro, investigué el origen del mezcal, su forma de tomarlo, su fabricación, y hasta le inventé una historia. Sé que, en mi tiempo de juventud no hubiera andado con tanta babosada, hubiese comprado la botella y sin tanta paja, me hubiera echado los tragos, pero las cosas y mi edad, Gerardo, cambiaron, y me he vuelto más cauteloso, -miedoso, diría Oliverio-, pero no, no es así, prefiero llamarme calculador. Tanto, que decidí guardar un recuerdo del día que voy a tomar mezcal, hacerle una serie de fotos, escribirle algo y quiero contarte que estoy tan entusiasmado con esta botellita, que la he cuidado con esmero y la chinchineo tanto, que el día que la estaba fotografiando, casi se me quiebra la botella cuando estaba con la pila de las fotos… Cecilia se moría de la risa de ver la cara que puse. Bueno mi estimado amigo, por el momento eso es todo, me despido y otro día sigo recordando tu lindo país y su riqueza cultural.

Saludos Gerardo… salucita, ¡Y QUE VIVA MEXICO, CABRONES!

 

Dagoberto Nolasco

Artista Plástico