Gabriel Otero fundó el legendario suplemento cultural «Tres Mil», fue director de la editorial del Estado salvadoreño y tiene un larga hoja de vida en la gestión cultural y las letras. No importa si es en El Salvador o en México, Gabriel ha dedicado su vida a combatir la desmemoria desde la poesía, las columnas de opinión, la administación cultural y los libros. Esta entrevista es un homenaje a las luchas de siempre en favor de la cultura.

Tomada de https://elescarabajo.com.sv/

Javier Alas | Poeta, editor y pintor salvadoreño

 

El poeta y escritor Gabriel Otero ha hecho su vida entre dos tierras. Vive con los pies en Ciudad de México y con el corazón en El Salvador. En este país publicó sus primeros libros en forma, Remanso de las piedras (1993) y Entre el aire y tu piel (1994). Se expresa con una voz lírica personal, versos limpios y sugerentes que buscan la médula, la esencia de la idea poética, y logran capturarla en la síntesis. Nada más alejado del discurso, tan coincidente en otras expresiones literarias de sus contemporáneos y coterráneos. Sus crónicas también van al nervio. Pulimentadas, con oficio. Con pinceladas de humor y también de evocación, y una mirada e inteligencia mordaz a la que parece no escapársele nada.

Ha residido en dos épocas en México, una de 1980 a 1989 y la otra desde 1996 a la fecha. En la primera realizó estudios de secundaria, bachillerato y universidad para regresar a El Salvador. Durante la segunda desarrolla una labor de promoción cultural, primero como jefe de Cultura en el Instituto de Cultura de Morelos y después en el Bosque de Chapultepec. Ahí ha desempeñado los cargos de secretario técnico, jefe de Difusión y jefe de Programas Culturales. A este infatigable escritor y promotor entrevistamos hoy, con el interés de acercarnos más a su largo quehacer, además de una necesaria puesta al día.

Gabriel, como fundador del suplemento cultural «Tres Mil» del Diario Co Latino, ¿qué significó para ti esa experiencia?

Le guardo cariño a esa época porque fue una etapa de descubrimientos y mis inicios profesionales. Pasaron tantas cosas en muy poco tiempo, desde mi entrada al diario para coordinar el «Latino Cultural» hasta la fundación del suplemento, eso sucedió hace más de tres décadas. Creo que nunca he contado a detalle cómo entré a Diario Latino. Regresé a El Salvador antes de las fiestas agostinas de 1989 y empecé a buscar trabajo, y Mauricio Santamaría, que era un amigo familiar, habló con Ricardo Chacón, el corresponsal de Acan-EFE en esos tiempos. Antes era usual que uno hiciera méritos para una eventual contratación y Ricardo me abrió las puertas.

En Acan-EFE conocí a muchísima gente con la que nos hicimos amigos, buenos periodistas de la vieja escuela. Recuerdo a Margarita Arteaga, Alberto Barrera, Elder Gómez, Guillermo Mejía, Any Cabrera, Joel Burgos y Francisco Valencia, entre otros. Francisco tenía días de haber asumido la dirección de Diario Latino, y llegaba a la agencia a recoger los rollos de cables y ahí tuve la oportunidad de mostrarle una de mis crónicas, le gustó y me invitó a formar parte del periódico.  


De ahí en adelante, es un episodio que lo han relatado de muchas maneras y que penosamente han tergiversado y manipulado otras tantas. La realidad es que yo invité a los socios que quise con base en los aportes que pudieran hacer al proyecto de un nuevo suplemento, lo más relevante fueron las propuestas de nombres realizadas por terceras personas y hasta ahí. Lo demás entra en el plano de la ficción. Hay un artículo esclarecedor publicado en una revista de la Universidad de El Salvador (UES), creo de 1992, en donde se habla de cómo me propusieron el nombre de una lista de tres o cuatro.

La dirección editorial, la distribución de espacios con una óptica pluralista, los colaboradores, el material gráfico y el rumbo del «Tres Mil» siempre fueron mi decisión y responsabilidad hasta que dejé el cargo el 1 de enero de 1994. Lo posterior son invenciones de gente que ha intentado ganar notoriedad a costa del trabajo intelectual de otros y de mi prolongada y silenciosa ausencia, porque no puede hablar quien no está.  

El oficio de editor de una publicación es uno de los más dictatoriales, solitarios y personales que existen, por eso es un despropósito tan siquiera imaginar que cederías la autoría de algo que creaste. Quien afirme que las decisiones son horizontales en una publicación periodística no es editor. ¿O acaso no se quejaron estas terceras personas de que las formas de tomar decisiones debían cambiar cuando preparamos una edición electrónica para el 20 aniversario del suplemento? La desmemoria es terrible.   

Si te acuerdas tomamos la determinación de renunciar al suplemento cuando estábamos en la Feria del Libro en Guadalajara a finales de noviembre de 1993. El día de la renuncia en el diario pensaban que era una broma, Manuel Toledo Cañas (MATOCA) me dijo que no me fuera, que lo pensara, se lo agradecí pero dejé al suplemento posicionado en lo más alto. Corté el cordón umbilical y a los quince años regresé a publicar en el diario la columna Palabra de Cíclope. El «Tres Mil» me abrió las puertas de muchos espacios y eso es para agradecerlo siempre. 


Entre 1992 y 1994 estuviste a cargo de la Dirección de Publicaciones e Impresos. ¿Cómo resumirías esos años dirigiendo la editorial estatal?

Me entrevisté con Claudia Allwood días antes de los Acuerdos de Paz y asumí el cargo de director de Publicaciones el 1 de marzo de ese año. Yo era muy joven, tenía 26 años y unas ganas impetuosas de darle un giro de 180 grados a la institución. De inmediato me asesoré en varios rubros, desde el manejo administrativo hasta la labor editorial. En un año se practicaron cuatro auditorías a petición mía, fue muy desagradable, incluso hubo gente que terminó en la cárcel. 

Mis pininos en el área de las artes gráficas los había hecho cuando trabajé siendo adolescente en Impresos Continentales en México, cuyo propietario, Philip Unger, era amigo de la familia. La imprenta elaboraba las portadas de los libros de Edivisión y Editorial Diana e incluso se aventuró a editar El grito del más pequeño de Jorge Pinto, que se ha convertido en referente periodístico de los años de represión y el inicio de la guerra.

Mi labor en el «Tres Mil» me facilitó entrar a Publicaciones, tenía un Comité Editorial de lujo que integrábamos Gustavo Herodier, Ricardo Lindo, Álvaro Magaña, Pedro Escalante Arce, Roberto Huezo y tu servidor. Alguna vez invitamos a Horacio Castellanos Moya, pero él se incorporó después. Por supuesto, siempre tuve el apoyo de Claudia Allwood.

A lo largo del tiempo se ha cuestionado el papel del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA), su enfoque sectorizado de cultura, lo cierto es que marcó un hito en la historia de las instituciones del sector, desde que Carlos «Mamuco» de Sola y los tres Robertos —Galicia, Huezo y Salomón— causaron una revolución y crearon mucha de la infraestructura que aún permanece. Sabíamos lo que hacíamos, establecimos vínculos a nivel internacional para apoyos a proyectos. Uno de ellos fue con el gobierno de Japón para la donación de maquinaria de impresión que se gestionó desde el 92. Ingresamos a CERLALC, negociamos convenios culturales con México y Colombia y Publicaciones estuvo a punto de incorporarse a una organización editorial llamada Libros de América, integrada por Guaymuras de Honduras, Piedrasanta de Guatemala y Arcoiris de El Salvador, entre otras. En el fondo tuvieron razón de no permitirnos el ingreso por lo volátiles que suelen ser las políticas públicas. Además participamos en ferias de libro internacionales como la del Palacio de Minería y la de Guadalajara, teníamos empuje y eso era notorio.

Por otra parte, pudimos rescatar varias de las colecciones creadas por Ricardo Trigueros de León, como Caballito de Mar, Nueva Palabra, Poesía, y se impulsaron las Revistas Ars y Cultura. Por primera vez se editó una antología de Roque Dalton elaborada por Rafael Lara Martínez. También se apoyaba a grupos e instituciones culturales con sus carteles y programas. Fue una política editorial de puertas abiertas.

Fueron años muy productivos en los que logramos incrementar títulos y tirajes, pero también cometimos errores muy difundidos como cuando hubo un retraso en la premiación de los certámenes Hugo Lindo, Claudia Lars y Salarrué. Esto fue muy incómodo. Las malas lenguas de siempre afirmaron que me gasté el dinero de los premios, de eso me enteré hace muy poco a través de Carlos Velis. ¿Y qué te digo? Esos chismes y maledicencias van más allá de las envidias. Tengo anécdotas de todo tipo de mi paso por Publicaciones, que es una institución que debe estar orgullosa de su historia. Me hubiera gustado quedarme más tiempo, pero me ofrecieron una de las primeras dos direcciones nacionales en el sector. De la otra se encargó María Isaura Aráuz, ella siempre ha sido muy capaz.


Cuando renuncias al cargo de director nacional de Comunicación Cultural, del por entonces Consejo Nacional para el Arte y la Cultura, ¿qué te hace decidir dejar El Salvador para residir en México?

La dirección nacional de Comunicación Cultural era un gigante con seis cabezas: las direcciones generales de Artes, Televisión Educativa, Publicaciones y Promoción Cultural, además de la Cinemateca y la Radio Cultural. Abarcaba el setenta y cinco por ciento la plantilla de trabajadores de CONCULTURA, la estructura tenía serios errores de planeación, era la locura. 

Ahí me enfrenté con la inconformidad de un director general con aspiraciones políticas que se sentía desplazado y que se puso frenético por mi nombramiento. Supongo que su sueño en algún momento era candidatearse para diputado o algo así. Ganarse enemigos gratuitos no es recomendable, asumí el cargo una semana antes de casarme por lo que se acumularon nuevas experiencias laborales y personales en muy poco tiempo.

Había muchas expectativas de la presidencia de CONCULTURA para que replicara el éxito de Publicaciones en esta nueva dirección, pero nunca terminé de acomodarme. Una de mis funciones era ser el enlace con los medios de comunicación y eso en la coyuntura de la posguerra implicaba tener vocación de costal de boxeo o de funcionario sparring. En ese cargo estaba sobrexpuesto.

Sin embargo formé parte de programas que resultaron pioneros, uno de ellos la Orquesta Sinfónica Juvenil cuyo gestor principal fue Rolando Reyes, otro la creación de la Cinemateca asesorada por Guillermo Escalón, en el que por primera vez se exhibieron cortometrajes de Alejandro Cotto y José David Calderón. Esa noche tuve el orgullo de relatar la semblanza biográfica de Alejandro Cotto y CONCULTURA le entregó un reconocimiento.

Fíjate que haciendo memoria podría afirmar que esos fueron mis primeros eventos como promotor cultural. Días después organicé una muestra de cine de la República Checa en el Cine Caribe, y un concierto de un grupo folclórico chino en el Teatro Nacional. Te juro que ya no me acordaba. Ese año entró Roberto Galicia a sustituir a Claudia Allwood en la presidencia de CONCULTURA. Con él, Germán Cáceres y Luis Salazar Retana habíamos coincidido en la premiación de los Juegos Florales de Ahuachapán, se vislumbraba un cambio, yo estaba hastiado y cansado y a los meses renuncié.

Nadie me estaba sacando ni mucho menos, mi dimisión fue el inicio de una cadena de errores que afectaron mi estabilidad económica en un cortísimo plazo, estaba en quiebra, hubo gente a la que le di trabajo que se encargó de hilvanar intrigas y difamarme en círculos íntimos y familiares, eso me transformó en un paria intelectual teniendo 29 años. Fue una sensación muy dolorosa. Aunque escribí un par de libros como ghostwriter para una asociación y un banco, tuve un último encargo de escribir un guión para UNICEF, y después con mi esposa decidimos que era tiempo de emigrar.

 

Gabriel Otero en México. [Foto: Adriana huerta]

México es para ti una patria paterna, querida y formativa, ¿qué sucedió después de tu experiencia en la burocracia cultural de El Salvador? 

Regresamos a México en plena crisis del país, en medio de los llamados «errores de diciembre». El retorno en algún momento se tenía que dar pero no tan precipitado. De haber tenido mayor edad hubiéramos aguantado la marea en El Salvador, pero la testarudez de mi familia era asfixiante. Llegué con la moral por los suelos, el desempleo crecía y era muy difícil obtener recursos de donde fuera.  

Con el primero que platiqué fue con Fernando de Ita, toda una institución en la dramaturgia y crítica teatral mexicana. Yo lo había conocido un par de años antes durante el primer congreso iberoamericano de periodismo cultural en Veracruz, que él había organizado. Me consiguió una entrevista con Mercedes Iturbe, la directora del Instituto de Cultura de Morelos. Ella era una promotora de gran trayectoria, que dirigió el Festival Cervantino y el Centro Cultural de México en París y que se movía en círculos culturales de primer nivel. Fui a Cuernavaca, y la urgencia propia nunca coincide con los ritmos institucionales, ella me cayó muy bien, pero al final parecía no haberse concretado nada.  

Ese año fue de grandes lecciones, la vida a veces se carcajea de uno, entonces tuvimos que reinventarnos para la supervivencia por lo que empezamos a elaborar chocolates artesanales con hojuela de maíz y los vendíamos de puerta en puerta. Pero hubo gente que siempre nos ayudó incondicionalmente, mi suegra Yolanda Díaz, mi hermano Mario Otero, mi amigo Guillermo González, Rosario Ochoa y Arcelia Díaz, tía de Gris. Ellos estuvieron pendientes. Aunque se asome el naufragio y se sienta que la corriente te jale hacia el fondo hay que nadar. A los meses me habló Guadalupe Fragoso, Subdirectora de Cultura del Instituto de Cultura de Morelos para una nueva entrevista. A la semana nos mudamos a Cuernavaca. Guadalupe Fragoso fue mi mentora en la promoción cultural, me aventó al ruedo para ver qué hacía con un concierto del Coro y la Orquesta de Cámara de Morelos, y creo haberlo hecho bien.

El Instituto de Cultura de Morelos fue una gran escuela en la que me pude desarrollar plenamente, ahí manejé el programa de becas estatal FONCA-Morelos; el Circuito Artístico de la Centro con la programación de ocho estados (Tlaxcala, Puebla, Guerrero, Estado de México, Hidalgo, Oaxaca, Morelos y la Ciudad de México); los Sábados Musicales donde presentábamos solistas, ensambles y orquestas; y eventos de gran impacto como conciertos de Pablo Milanés, Óscar Chávez, el ballet Folklórico de México de Amalia Hernández, Lila Downs, la Maldita Vecindad, el Festival de Guitarra de Manuel Rubio y todas las actividades del Festival Cervantino en Cuernavaca.

Fue una experiencia exquisita y aleccionadora, me acuerdo haber organizado una caravana con zanqueros para la Quema de Judas y una gira en Estados Unidos de la Banda de Tlayacapan. En esa época en el Instituto programábamos actividades innovadoras que tenían impacto a nivel nacional. Éramos un equipo muy competente y profesional con una mística maravillosa, no había nada que no pudiéramos hacer.  

Yo era muy feliz ahí, pero me ofrecieron un empleo en Chapultepec mucho mejor pagado y Gabito tenía un año de haber nacido, fue entonces cuando nos regresamos a la Ciudad de México. En Chapultepec he tenido varios cargos, primero fui jefe de Difusión, luego jefe de Cultura muchos años, hubo un lapso en que estuve fuera para regresar como secretario técnico, luego al Museo de Sitio y ahora de nuevo manejo Cultura. Y veinticinco años y miles de actividades después sigo viviendo de la promoción cultural profesional.


En tu labor de promotor de cultura del Bosque de Chapultepec desarrollas muchas actividades y eventos. ¿Podrías compartirnos algunos que destaquen en tu memoria?

El sendero en Chapultepec en veinte años ha sido muy extenso, desde los Festivales del Bosque que se han realizado dieciséis ediciones y de los cuales he coordinado catorce, hasta programas muy exitosos como Lanchacinema y Picnic Nocturno, por mencionar unos cuantos. El Lanchacinema lo replicaron los franceses el año pasado. Pero hemos hecho de todo: recorridos ambientales, históricos y sonoros, avistamiento de aves, talleres, grandes espectáculos, temporadas de conciertos de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, performances, funciones y maratones de cine, teatro, danza y exposiciones.

El trabajo ha requerido de mucha persistencia y de tener la gracia de saberle llegar a la gente. En Chapultepec tenemos la infraestructura cultural más importante del país. En 2019 fuimos galardonados con la medalla de oro por el World Urban Parks al mejor Parque del Mundo, siempre lo creímos, pero hasta ese año lo reconocieron.

Gracias a la voluntad, apertura y confianza de Rosa María Gómez Sosa, Rubén Jasso, Lourdes Pérez, Guadalupe Fragoso y Mónica Pacheco se mantuvo un programa de cultura variado con base en gestiones con instituciones locales y federales. De esas personas que te menciono hay dos grandes promotoras culturales: Guadalupe Fragoso y Lourdes Pérez.    


¿En qué medida ha afectado la pandemia el trabajo en el Bosque de Chapultepec?

Tenemos un año de no organizar actividades presenciales y eso ha obligado a que desde enero programemos de manera virtual. Por cierto, nos ha ido bastante bien. Otras instituciones están haciendo una cartelera semejante como el Bosque de Aragón y el Museo de Historia Natural. Durante la pandemia se han planificado actividades familiares que podremos ejecutar cuando no haya riesgo. Lamentablemente México ha sido castigado por el virus, esta ciudad no se puede controlar, es demasiado grande.  


¿Cuál es tu obra publicada en México y otros países?

En Cuernavaca conocí a muchos escritores, entre ellos a Ricardo Ariza y a Ricardo Venegas. A Ariza lo recuerdo porque se desnudó en la presentación de su libro, una especie de mentada de madre a las buenas costumbres y el exhibicionismo en pleno por la llana gana de joder. Yo le llamaba el poeta encuerado. Otro amigo poeta, Luis Francisco Acosta, se encargaba del área de publicaciones de la UAEM (Universidad Autónoma del Estado de Morelos), me invitó a participar; incluso Edgar Assad, artista visual, preparó una serie de viñetas para un poemario de mi autoría que se quedó en una mesa de edición.

Ricardo Venegas dirigía una revista llamada Mala Vida que cumplía una labor importante de difusión literaria, ahí aparecieron varios de mis poemas. En el semanario Siete Días, durante los años 2000 y 2001, publiqué una columna titulada «Vitral», que seguí escribiendo cuando nos regresamos a la Ciudad de México. Adalberto Ríos Szalay, espléndido fotógrafo y en un tiempo director del Instituto de Cultura de Morelos, afirmaba que Cuernavaca era el lugar en que residían más artistas por kilómetro cuadrado. Tenía razón. Era un hervidero creativo. Pero, curiosamente, no escribí tanto como lo hice en Ciudad de México.

Mi proceso creativo tiene que ver con la decantación de la palabra, por lo que he sido más lento, mucho más pausado, sin prisas. He escrito nueve poemarios y dos recopilaciones de artículos, crónicas y ensayos. Aquí quiero hacer un pequeño paréntesis, la red era aún muy joven y todavía se creía en que la tendencia de los libros sería su desaparición. Hubo poetas como André Cruchaga que le apostaron a la difusión y promoción digital y durante años mantuvo el espacio Arte Poética, que se convirtió en un referente de la poesía. Ese fue un gran aporte que nos benefició a todos y facilitó llegar a lectores lejanos.         

Entre 2003 y 2006 escribí Cronogramas, es el poemario que más me agrada, me costó trabajo. Sus versos aparecieron en revistas electrónicas como Letralia y Destiempos y en el «Tres Mil» cuando lo coordinaba Otoniel Guevara. Incluso el Hotel Intercontinental de Madrid incluyó un poema de Cronogramas en su folleto para promocionar sus cenas y banquetes navideños, babeabas literalmente de leer el menú. Yo lo único que pedí para autorizar los versos fue una botella de vino, una lata de angulas y una barra de pan.  
En 2006 Portal de Poesía de España publicó la edición electrónica del poemario Sueños de Caín frente al espejo, ahí me leyó fundamentalmente el público español. Al año siguiente, en 2007, la asociación Pinceladas de Valdepeñas, España, me invitó a curar una exposición de mujeres pintoras, la llamé «Semillero». Elena Piñero, presidenta de Pinceladas, tenía gran facilidad para las relaciones públicas, por lo que convocó a 15 poetas de 10 países y terminé escribiendo un poemario que se llamó también Semillero, la curaduría y una antología poética de la exposición.   
En 2008 el Instituto Romera de la Ciudad de México editó Cosas dichas al camino, una antología que abarcó 24 años de versos (1984-2008). Este fue un libro de lujo, empastado. Creo que ese año me encontré por casualidad a Juan José Dalton en el metro Chapultepec, me comentó que estaba iniciando Contrapunto y me invitó a colaborar, esto se concretó un par de años después.

Comencé a escribir la columna «Palabra de Cíclope», como la experimentación total con el artículo porque pude mezclarlo con la narrativa, la poesía, el ensayo y la crónica. Retorné a mis influencias: los ensayos de Miguel de Montaigne, los artículos de Jorge Ibargüengoitia y un poco las crónicas de Juan Villoro y Salvador Novo, el resultado fue sorprendente.

Por «Palabra de Cíclope» me buscó Pablo Ramos de la Asociación de Televisoras Iberoamericanas de España cuando estaba por iniciar El Porta(l)voz, y fui corresponsal de la revista hasta 2014. Fue una lástima que la publicación acabara por la torpeza de la editora que sucedió a Pablo, que tenía un sentido fino del pulso creativo en América Latina, por lo que la revista era muy rica para leer y que después se convirtió en un refrito de notas escritas en Bogotá. He perdido la cuenta de las publicaciones que han caído en una brecha de mediocridad.   

Por la columna, además, me integré al Consejo Editorial de El Ojo de Adrián gracias a la invitación de Mayra Barraza, al parecer el mítico Enrique Walden Lagos había dejado la dirección de la revista. Tampoco perdí la oportunidad de incorporarme a la redacción de Blogotepeque junto a Alex Schonenberg, a Ricardo Hernández Pereira y a Néstor Kinderlan. Blogotepeque significó una experiencia muy divertida pero también exigente, tenías que escribir textos novedosos para ser leído, por su carácter juvenil y popular te permitía impactar a cientos de miles de lectores. Es preferible que te lean muchos a los mismos de siempre, a los iluminados de las cofradías intelectuales, a los dueños de la palabra. A la mierda la solemnidad. Es mejor que te lea un equis al que le puedas comunicar algo, establecer un diálogo rayano en la complicidad y que interprete lo que quiera. Alguna vez cometí el error de clarificar el sentido de un poema, no lo he vuelto a hacer porque le rompes su entendimiento al lector y lo desilusionas.  

Blogotepeque me hizo replantearme en qué espacios quería difundir mis textos. Cuando empecé a publicar «Palabra de Cíclope» en Diario Co Latino pedí que se ubicara semanalmente frente a la sección de sociales. Mi intención es estar cerca del lector.

En Contrapunto comencé a colaborar semanalmente después de platicar con Tomás Andreu, al tiempo fundó Contracultura y me sumé a su plana de colaboradores. Luego lo sustituyó Carlos ClaráContracultura fue una propuesta interesante. Fueron tiempos de mucha actividad, Tania Pleitez elaboró un número monográfico de El Salvador y su cultura para la revista Ómnibus de México, ahí publiqué los primeros textos que conformarían el libro Postales, sus matices eran muy personales y llenos de evocaciones, siempre me ha gustado atesorar los recuerdos de San Salvador, así como yo lo viví y sentí.  

Elena Salamanca escribió un prólogo muy emotivo de este libro que terminé en 2014 y que es una compilación de artículos, crónicas y ensayos. Lo llamé así porque quería que la lectura de estos textos fuera contemplativa y sin ningún orden específico, una especie de rayuela. Postales duerme el sueño de los justos y ha pasado varios procesos de dictaminación, ojalá se edite algún día.

Escribí «Palabra de Cíclope» de 2008 a 2014, este tipo de publicaciones te agota, porque requiere la destreza y talento de un orfebre. Desconfío de la palabra forzada, de los temas coyunturales, hay miles de opinadores irrelevantes que carecen de rigor periodístico y literario. En 2017 Otoniel Guevara me invitó a publicar en La Chifurnia, ahí nació Espejo de paradojas con palabras introductorias de Rainier Alfaro Bautista. El poemario es fruto de una edición artesanal muy bien cuidada.

En 2020 escribí Memoria de San Salvador, que está prologado por Vladimir Amaya. Este poemario lo construí de manera diferente a los demás. Un día revisé los cuadernos adonde escribía versos hace lustros y fui encontrando versiones de poemas olvidados bastante vigorosos. Le agregué mis calaveras literarias para darle autoría a unos versos que han sido multiplagiados por el «saber popular».


Durante la pandemia de Covid-19 has escrito un libro completo en 2020, Textos para sobrellevar la cuarentena. Algunas piezas pueden encontrarse en plataformas digitales, ¿hay algún proyecto de publicación íntegra de todo ese material?

Sí. Buena parte ya estaban escritos pero ninguno estaba grabado en video. Al comenzar la pandemia Roberto Salomón empezó a leer textos de literatura universal, lo mismo hicieron Elena Salamanca y Alberto López Serrano con la diferencia que ellos leyeron cuentos de Salarrué, ahí decidí leer los míos. Mi pretensión era entretener a mis amigos y lectores durante la pandemia, durante noventa días leí uno diferente, fueron artículos, crónicas, relatos y ensayos. Los recibieron muy bien.

En plena pandemia volví a publicar en Contrapunto tras varios años de ausencia, a esta columna la he nombrado «Tercera Estación» y en su debido momento voy a retomar el nombre para otros medios. Una instancia de gobierno en El Salvador tiene el proyecto de editar el libro, veremos si es posible y se concreta. Tengo ofertas para la edición electrónica, en este caso prefiero el libro impreso.   


¿Alguna cosa más que quisieras compartir con los lectores?

Ha sido una entrevista muy larga, espero no haber aburrido a los lectores.