Thalif Deen / IPS

El asalto al Capitolio de Washington por una turba rebelde recordó a muchos una insurrección en una “república bananera», como la descrita de manera hilarante en la comedia de Woody Allen de 1971, Bananas, que simula una revuelta en un país latinoamericano ficticio.

Pero a juzgar por la desastrosa administración de cuatro años del presidente Donald Trump, tal descripción es un insulto para las llamadas repúblicas bananeras, mientras los sucesos del día 6 lleva a los analistas a preguntarse: ¿cuál es ahora la república bananera?

La presidencia de cuatro años de Trump se ha caracterizado por el mal gobierno, la corrupción, la mentira, la xenofobia, el nepotismo, la arrogancia y, en última instancia, el desprecio por el proceso electoral democrático del país.

Durante mucho tiempo, Estados Unidos se autoproclamó como policía de la democracia en el mundo, derrocado supuestos regímenes dictatoriales (léase: Iraq, Libia o Afganistán por citar algunos grandes casos), defendiendo los derechos humanos y predicando la paz, incluso vendiendo millones de dólares en armas a países asolados por conflictos.

Como señaló El diario The New York Times, lo que se desarrolló en Washington, sin embargo, fue “una de las incursiones más graves al Capitolio» desde la invasión británica durante la guerra de 1812, cuando fue incendiado.

El senador y ex candidato presidencial Mitt Romney, un republicano que durante mucho tiempo criticó a Trump en las entrañas de su propio partido, sintetizó en una sola frase la condena de muchos: “Lo que sucedió hoy aquí fue una insurrección incitada por el presidente de Estados Unidos».

Como señaló la cadena de noticias CNN, un número creciente de líderes republicanos y funcionarios del gabinete creen que Trump debería ser destituido de su cargo antes de la toma de posesión del presidente electo Joe Biden el 20 de enero, incluso si eso significa invocar la Enmienda 25 o inhabilitar a Trump para poder volver a optar a la presidencia.

Esa 25 Enmienda de la Constitución de Estados Unidos establece procedimientos para reemplazar a un presidente o vicepresidente en caso de muerte, destitución, renuncia o incapacitación.

Stephen Zunes, profesor de Política en la Universidad de San Francisco, dijo a IPS impactante espectáculo del ataque de una la turba trumpista a la sede del Congreso legislativo, con el denunciado aliento de Trump, junto con los esfuerzos de algunos congresistas republicanos para bloquear la certificación de Biden como mandatario electo, demuestra que una facción significativa del movimiento derechista de Estados Unidos se ha vuelto “explícitamente antidemocrática”.

Lo ocurrido el miércoles 6 “es una advertencia de que hay tendencias autoritarias reales en este país lideradas por personas que están dispuestas a usar la violencia para tomar el poder», analizó.

A pesar de las señales claras de que habría un intento serio de asaltar el Capitolio, la seguridad era mínima y la policía del Capitolio fue rápidamente desbordada, agregó, en una indefensión de la sede del Poder Legislativo sobre el que crecen sombras sobre su intencionalidad.

Esto contrasta con la presencia masiva e intimidante de tropas alrededor del Capitolio y otros edificios gubernamentales durante las protestas en gran parte no violentas por la justicia racial, realizadas por el movimiento #LasVidasNegrasImportan (#BlackLivesMatter) la primavera pasada, a pesar de la ausencia de amenazas de violencia.

Esto evidencia serios problemas con respecto al racismo y los prejuicios ideológicos en las políticas y las medidas de seguridad en Washington y otras urbes estadounidenses, dijo Zunes.

Para el analista están bien fundamentadas tanto la consternación por el respaldo –o incitación- de Trump a una revuelta que representó un intento de golpe de facto, como la conmoción por sus tendencias autoritarias en general.

“Al mismo tiempo, debe reconocerse que las administraciones presidenciales y los líderes del Congreso de ambos partidos han apoyado durante mucho tiempo a regímenes autocráticos y ejércitos de ocupación en otros lugares a través de transferencias de armas y otras ayudas de seguridad”, reflexionó Zunes.

“De hecho, Estados Unidos es el patrocinador número uno del mundo de tales gobiernos antidemocráticos”, sintetizó.

El apoyo a la democracia, argumentó, no debe detenerse al cuando resulta conveniente a sus intereses. “Si los estadounidenses se toman en serio la defensa de las instituciones democráticas, también debemos aplicar esos principios a nuestra política exterior», dijo.

Los integrantes de las huestes en el Capitolio han sido descritos principalmente como extremistas de derecha y supremacistas blancos que son fervientes partidarios de Trump. Al menos cuatro murieron durante la invasión, además de un policía del Capitolio.

Mientras tanto, algunos de los aliados de Estados Unidos en Europa, incluidos Francia, Alemania y Reino Unido, han expresado conmoción y repulsión por la insurrección en una de las “democracias modelo» del mundo.

Alon ben Meir, profesor de relaciones internacionales del Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York, dijo a IPS que el 6 de enero va a quedar como un día de infamia que pervivirá por mucho tiempo.

Se trata, argumentó, de una jornada en la que Trump incitó a una turba a asaltar la sede del Poder Legislativo, tras reiterar mentiras y falsedades sobre la elección para justificar su traición al país, a la Constitución, a su cargo y a los mismos cimientos de la democracia estadounidense.

El mundo observó con horror, añadió, cómo la mafia de extrema derecha logró violar la seguridad e invadir la sede de las dos cámaras del Congreso. Claramente, los violentos asaltantes no fueron repelidos con la fuerza adecuada o nunca habrían tenido éxito.

“Si la turba hubiera sido de agitadores de izquierda o en lugar de gente blanca hubiera sido negra o marrón, la situación hubiera sido bastante diferente», de hecho, es más que probable que si ese hubiera sido el caso, los manifestantes nunca lo hubieran podido acceder al interior del Capitolio y menos permanecer allí por más de cuatro horas, arguyo Ben Meir.

Lo que es quizás más vergonzoso, más allá de la incitación de Trump, dijo, es su silencio mientras la turba deambulaba por el Capitolio, mientras senadores y representantes se escondían hasta que resultó seguro regresar para completar la tarea del día: la certificación de Joe Biden como presidente electo.

“Cuando finalmente hizo una declaración, fue todo menos una condena explícita al caos y la violencia que se había consumado en el templo de la democracia de la nación. Más bien, les dijo a los alborotadores que regresaran a casa y agregó ‘los amo’ tras reiterar su falsa afirmación de que le robaron el triunfo”, afirmó,

En una palabra, dijo Ben Meir, Trump buscó justificar a los insurrectos, y la razón es clara: quería sembrar tanta violencia y discordia como sea posible desde ahora hasta el traspaso del poder el día 20, con la intención de sentar su base para dominar la oposición.

El especialista consideró que así Trump podía señalar los disturbios civiles y decir: ‘eso es lo que sucede cuando te roban una elección’, aunque la reacción política y social posterior lo forzó a sacar su “piel de cordero” y finalmente condenar la violenta revuelta de sus huestes y prometer una transición “ordenada”.

Pero el viernes 8, tras unas horas de su versión «sensata», el mandatario saliente informó que no asistirá a la inauguración de Joe Biden, como se conoce en Estados Unidos la ceremonia de traspaso dl poder, en uno de sus postreros tuits, antes que Twitter cancelase permanentemente su cuenta @realdonaldtrup.