Los certámenes literarios (en sus diversos géneros), organizados con acierto, constituyen un instrumento favorable para estimular, sobre todo, vocaciones nacientes, para posibilitar una crítica especializada que pondere, apoye y promueva un trabajo valioso.

Un notable ejemplo de ese espíritu lo fueron, hacia los años 80 del siglo pasado, los “Juegos Florales Salvadoreños”, cuyo motor fue, sin lugar a dudas, el poeta, pintor y profesor Roberto Monterrosa, quien, rodeado de un formidable equipo, allá en la otrora Casa de la Cultura de Zacatecoluca, realizó una encomiable labor en la difusión cultural de la zona, y del país. Roberto, además, de promover las letras, hizo lo mismo con la pintura y el dibujo. Publicó, también, una magnífica revista artesanal que tuvo gran prestigio creativo: “Casa de los Cantos”.

Los certámenes literarios, si se quiere, son útiles como termómetro; como medio para tomar “algún pulso” de lo que se está produciendo en el medio; pero no son, como se ha querido entender “actos consagratorios” de nadie, mucho menos, recursos para ganar dinero, no una vez sino las veces que se pueda. Ése no es, o no debería ser, la práctica.

Estos eventos debieran estar dirigidos, especialmente, a los jóvenes, estableciendo para ello un rango de edad en la participación, que bien pudiera comprender entre los 18 y los 30 años. La publicación de la obra ganadora, de por sí, constituye un sólido respaldo por parte del ente organizador.

Un aspecto importante en estas justas, es la conformación del jurado, que debiera reunir a escritores experimentados y a académicos notables, que no tengan participación ya, en eventos de este tipo. Pues es lamentable que quienes premian un año como jurado, reciben premios el siguiente como participantes y viceversa.

Por ello, resulta, improcedente, ver todavía desfilar a “ganadores” que pasan ya los 40, 50 ó 60 años, y que tienen en su haber una trayectoria; una decena, cuando menos, de libros publicados; junto a muchachos que antes del premio, eran completamente inéditos.

Existe aún, en la cabeza de algunos, la falsa idea (muy romántica, por cierto), que los escritores no debieran trabajar (como toda la gente honrada), ya que su único trabajo es escribir, y obtener premios; se nota que, quienes creen esto, jamás, aunque sea para espantar el tedio, han leído alguna biografía de los grandes narradores, dramaturgos o poetas.

Como he sido jurado, entre muchos certámenes, del Premio Nacional de Cultura, en 1999; alguna propiedad tendré para referirme a este tema, ya que, a lo largo de los años, he sido testigo de muchas situaciones, unas muy buenas, buenas; y otras, malas, muy malas. Por fortuna, a temprana edad, después de participar y ganar en algunos eventos, comprendí que los certámenes (con todo lo beneficioso que puedan ser para los noveles autores) a la larga, se vuelven no definitivos en cuanto al oficio y calidad de la escritura, esto termina siendo de responsabilidad individual.

Por otra parte, no hay que olvidar, que, en las decisiones, lamentablemente, no sólo prima lo literario, sino razones extra literarias, que van desde los infaltables personalismos hasta dimensiones políticas, si se quiere, basta, citar el famoso ejemplo –mundial- de Borges y el Premio Nobel.

Sería recomendable dirigir los certámenes, preferentemente, a los jóvenes y no hacerlos competir con los mayores, ya que, evidentemente, ambos responden a situaciones distintas.

Ya los mayores, a esta altura, deberían pensar, no en ganar más premios, sino en escribir con mayor celo, compartir su experiencia con los jóvenes; y, sobre todo, publicar aquello que consideren digno.

Convendría revisar las bases actuales de participación. Mi recomendación, si se considera, es crear otro premio de 30 años en adelante, que responda a este sector más profesionalizado de las letras; pero, sobre todo, hacer una apuesta por los jóvenes, no sólo mediante los certámenes, sino a través de la formación sistematizada (donde bien pueden intervenir los escritores mayores capacitados para ello, y los jóvenes profesionales destacados en esta área), mediante talleres de escritura, cursos, intercambios, becas y otras iniciativas virtuales y semi-presenciales, tanto desde la institucionalidad que ya existe, como de las nuevas modalidades e instancias que se puedan crear en un futuro más prometedor, y libre de pandemias de todo tipo.

 

Álvaro Darío Lara

Escritor / Poeta

Columnista RV