“El respeto al derecho ajeno es la paz”, escribió el Benemérito de Las Américas, Benito Juárez, y quizás, nunca como ahora, en esta región y en el mundo entero, sus palabras adquieren palpitante actualidad.

Vivimos tiempos tumultuosos, como bien afirman algunos estimados amigos místicos. Tiempos de irrespeto, de violencia, de profunda intolerancia.

Desde las insensatas conductas en el barrio, la oficina, el hogar, siempre pendientes morbosamente del otro, siempre descalificando, minusvalorando, echando a volar rumores y reaccionado con el hígado… hasta en las más altas esferas de la polis.

El Sabio de Ojai, Krishnamurti, lo afirmaba muy bien, en su inspirado texto, “A los Pies del Maestro”: “Otro deseo muy común que debes reprimir severamente, es el de inmiscuirte en los asuntos de otros. Lo que otra persona haga, diga o crea, es cosa que no te importa, y debes aprender a dejarla completamente a su albedrío. Los demás tienen pleno derecho a la libertad de pensamiento, de palabra y de acción, mientras no intervengan en asuntos de otro. Tú mismo reclamas el derecho de hacer cuanto creas justo, y debes conceder a otros la misma libertad; y cuando hagan uso de ella no tienes derecho a criticarlos”.

Si esto, se entendiera, y se practicara a diario, cuántos problemas nos evitaríamos. La tensión que se experimenta cuando cargamos con realidades que no nos pertenecen, o peor aún, cuando pretendemos dirigir el curso vital de los demás, es perjudicial en todo sentido.

Y esto sucede en todo nivel y escala. Olvidamos con frecuencia, que la única zona donde tenemos una real y verdadera incidencia es en el ámbito de nosotros mismos. Cambiar a los demás es una complicada tarea; pero intentar cambios progresivos, graduales, en nosotros mismos, siempre es posible. Lo único que podemos hacer frente a los demás es transformar nuestra actitud, lo demás constituye una interminable cuesta arriba.

Si procediéramos con auténtica tolerancia, crímenes producto de la incontrolable ira, jamás ocurrirían. Todos conocemos tragedias (que pudieron evitarse mediante el diálogo comprensivo), como una discusión airada entre vecinos, por las heces de una mascota; o un malentendido a raíz del estacionamiento inapropiado de un vehículo, que desencadenaron lamentables derramamientos de sangre.

Razones para violentarnos, entrometernos en lo que no nos incumbe, o actuar con irracional intolerancia las encontramos a diario. Esas son las verdaderas y nocivas tentaciones a las que nos exponemos por el hecho de ser imperfectos seres humanos. Pero, como seres perfectibles, estamos llamados a trabajar con paciencia y dedicación, nuestros propios defectos de carácter, nuestras reacciones. Por ello, si la tecnología, nos permite avances increíbles en la comunicación; también debe ser usada razonablemente; pensando con prudencia y sabiduría antes de pronunciarnos sobre cualquier tema de importancia, personal o nacional. Y esto es válido, otra vez, para todos. Desde los príncipes que gobiernan desde las alturas, hasta los gobernados que moran en valles y llanuras, como bien ilustra Maquiavelo a Lorenzo de Médici, en su capital obra.

Aconsejan, de nuevo, los místicos, respirar tres veces, de forma profunda y pausada, esto relaja el cuerpo y aclara la mente. La práctica de la respiración, genera beneficios incalculables, y constituye una eficaz y gratuita herramienta natural para controlar las situaciones agobiantes, producto del mal manejo del estrés.

Cambiar nuestra actitud, nuestra visión de los problemas, es clave. En ese sentido, la autora espiritual Connie Neal, nos dice, con acierto: “Estudios sicológicos confirman que las personas optimistas sufren menos señales físicas de estrés que las pesimistas. Eso es fácil de comprender. La predisposición hacia el optimismo o el pesimismo determinará la cantidad de reacción de estrés innecesaria que experimentará a lo largo de su vida. Si constantemente se encuentra en un estado de alerta por la anticipación de desastres que nunca llegan, su cuerpo pasa por las reacciones de estrés de igual manera que si en realidad ocurrieran esos desastres. Su actitud mental hacia la vida también tendrá un efecto considerable en la cantidad de situaciones estresantes que enfrenta en las circunstancias reales”.

Cultivar la tolerancia, el respeto a los demás, la coexistencia pacífica en medio de las diferencias naturales: políticas, sociales, religiosas o culturales, es una ruta plausible para alcanzar una vida feliz, individual y colectivamente.

La vida física de cada uno es muy corta, para sufrir con insoportables cargas. El amor, como lo sostienen los Iluminados Maestros, todo lo puede, su efecto transformador y positivo es inmenso. El odio, el fanatismo, por el contrario, destruye a quienes lo albergan en su corazón y lo fomentan. Revertir esas cargas negativas, transmutarlas, es el único camino salvífico que nos queda ¡No lo desperdiciemos!

Álvaro Darío Lara

Escritor / Poeta

Columnista RV