No recuerdo con exactitud cuando vi el primer grabado del joven artista Andrés Torres (1989), no tengo precisión al respecto, pero lo que sí registra mi memoria es el maravilloso asombro que me produjo: se trataba de algunas piezas que desbordaban una admirable belleza por sus facturas y temáticas.

Antes del autor, como suele suceder muchas veces, me agradó la obra. Poco o casi nada conocía del muchacho alumno del Maestro Héctor Hernández, en el taller de grabado de la Casa de la Cultura de San Salvador, que ya venía de explorar la antigua y noble técnica desde 2015; pero, que en 2016 se convirtió en un aventajado estudiante de Héctor, participando luego en dos muestras colectivas; y a partir de ahí, iniciando, una ruta de productivo desarrollo, en el Taller Amat (2017-2019), además de colaborar en tres proyectos editoriales con su obra; y coordinar, en la actualidad, un Taller Experimental de Grabado en Galería Kolibrí de San Salvador.

Ahora, Andrés, nos presenta su primera exposición individual, denominada “ORIGEN”. Se trata de más de una decena de grabados, realizados bajo la técnica del linóleo, y que comprende obra realizada entre 2016 y 2021, con mucha dedicación, esfuerzo e ingenio, no sólo en el mundo poético que ofrece, sino, incluso, en la búsqueda, construcción y adecuación de sus mismos materiales e instrumental técnico utilizado.

Una pluralidad de intereses y oficios animan a Andrés: la lectura, la agricultura, la mecánica. Su mirada fija y ávida de conocimientos y experiencias lo han llevado a incursionar, con éxito, en muchas actividades de donde ha extraído una gran riqueza vital.

El mundo de los cuatro elementos naturales: tierra, aire, fuego y agua; así como las criaturas vivientes: pájaros principalmente, han alimentado su curiosidad y pasión creadora; y desde luego, han dejado huella en su misteriosa y mágica obra.

Los grabados de Andrés son una vuelta al origen, al origen de los hombres de Mesoamérica. Por ello, el énfasis en los pies, en los pies descalzos, nerviosos, que parecen fundirse (como en las imágenes del gran Diego Rivera) en el barro ancestral, en el suelo virgen, en la hojarasca que se vuelve también una constante en su trabajo.

Y hay niños que juegan a ser caballeros, montados en ágiles artefactos de madera, mientras el viento lo agita todo, y pasan los equinos indómitos de la tarde.

Luego, Andrés, experimenta con el método de la “placa perdida”, volviendo únicos e irrepetibles ciertos caracteres del grabado, en un cromatismo de amarillos que a mí me parece un hermoso homenaje a nuestro gran Camilo, el gran Maestro Minero. Y de nuevo es el niño, y los animales del agro, los que siguen su ruta por el arte de Cuzcatlán.

Por supuesto hay perros: fieros, enloquecidos, fantasmales, que se agreden desde la vida y desde la muerte. Los chuchos del pueblo, de la barriada, de los caminos polvorientos de la niñez campesina y semiurbana.

Es la obra de Andrés un ceremonial agrícola, donde se invoca a Tláloc, mediante el batracio sembrador, que va lanzando semillas por su trompa, mientras lleva el tecomate que contiene el agua de la vida. Este sapo aguador, con piel de dragón, es una de las creaciones más sugestivas del artista.

Y las rondas nocturnas, del misterioso niño-lechuza, un espíritu que nos sobrevuela, recordándonos la presencia, una y otra vez, de la niñez que traspasa las regiones de la vida rumbo a la Casa Eterna de la Muerte.

Figuras que parecen salidas del neogótico europeo, o de los bosques tropicales de Centroamérica, imprimen esa nota lúgubre, litúrgica, que eleva su ofrenda. Es la mítica ave negra, como los negros absolutos de Andrés, que arrojan esa profundidad del más allá. El pájaro que alza sus alas, rodeado de un aura espectacular.

Y pasa el aire siempre en estas gráficas, el aire que es libertad, el aire pajarero, de la imaginación pajarera de Andrés Torres, arrobado, con la visión en las nubes. En esas espirales que transitan por los cielos y por esas sus imágenes maravillosas, grabadas en la feliz contemplación de todos nosotros, sus devotos.

De pronto, aparece un globo aerostático, en medio de las espirales, un globo de la vieja Europa, con su canastilla de mimbre, y yo alcanzo a descubrir a dos pasajeros imaginarios: no hay duda, son María Kodama y Borges, que ríen, extasiados por los cielos.

Es la hora, en que llega aquella todopoderosa voz hasta mis oídos de ayer, oídos de adolescente, es el poeta loco, el gran Alfonso Cortés, susurrándome: “Suena un aire de niño tras las tapias, la plaza/ trae patrullas de éxtasis antiguos a mi casa. / Cuando el aire de niño, con pasitos cansados, / rueda con el oboe que muere en los tejados,” (Fragmento del poema: “Aire”). Porque es un niño-duende, otro ser de luz – nacido de las manos de Andrés- dentro de una semilla, que nos sonríe. Es el cosechador, el sagrado embrión de lo posible.

Hasta aquí, parte de mi fascinación por las criaturas de Andrés Torres, un auténtico hacedor, que nos dará muchas más sorpresas andando el tiempo. Estoy seguro que continuará experimentando, creciendo, depurando su técnica, corrigiendo sus yerros, surcando muchos más caminos con su hábil herramienta de artista.

Como Andrés pertenece al viento, no es casual que su primera exposición sea este viernes 20 de noviembre, 4:00 pm, en “La Casa de los Vientos”, segundo nivel del Mirador de Los Planes de Renderos. La entrada es gratuita y aplican las protocolarias medidas de bioseguridad. No debemos perder esta invitación. La muestra se extiende hasta el próximo 12 de diciembre ¡Felicitaciones Andrés, por este obsequio artístico, y nuestros mejores deseos!