San Juan el Evangelista pasa directamente de su bello prólogo, aquel que empieza con la frase más linda del mundo “En el principio era el Verbo” al anuncio de San Juan el Bautista sobre la venida del Mesías, el Divino Redentor que el pueblo judío esperaba desde hacía ya mucho tiempo. Omite por completo cualquier detalle sobre el nacimiento y la infancia de Jesús.

San Lucas comenta el nacimiento de Juan Bautista y la anunciación del nacimiento de Jesús por el Ángel Gabriel en el capítulo uno de su evangelio. Luego dedica el capítulo dos al nacimiento de Jesús y a contarnos cómo el Ángel Gabriel aparece, para anunciar el nacimiento de Jesús a unos pastores, que seguidamente adoran al Niño Dios.

San Marcos inicia su evangelio explicando la misión de San Juan Bautista y pasa casi de inmediato a la escena maravillosa de la encarnación del Logos: el Bautismo de Jesús. No ofrece ningún detalle del divino nacimiento de Jesús, tampoco de los años transcurridos desde entonces hasta su bautismo.

Es San Mateo el que nos obsequia una mejor descripción sobre el nacimiento de Jesús, incluyendo el sueño en que se revela a San José la inmaculada concepción de la Virgen María. Es el único de los cuatro evangelistas que agrega el relato sobre tres misteriosos “Magos del Oriente” que visitan a Jesús.

Este enigmático suceso, casi borrado de la historia oficial, pero que la Tradición Cristiana ha mantenido vivo oralmente, es tan llamativo e interesante que no puede pasar inadvertido para mi generación. Aún recuerdo el ritual familiar y comunitario en que las imágenes de Melchor, Baltasar y Gaspar eran colocadas el día 6 de enero de cada año, en aquellos nacimientos de mi pueblo. ¡Qué didáctica manera de enseñarnos! ¡Qué amorosa reverencia a la Verdad!

La narración continúa. Después de un sueño premonitorio, la Sagrada Familia huye a Egipto para proteger al Divino Niño de la masacre perpetrada por Herodes a los Santos Niños Inocentes. Finaliza esta única narración con el regreso de José, María y Jesús desde Egipto a Nazaret, después de la muerte de Herodes.

En el tramo final de la narración destacan dos acontecimientos. Los tres hombres majestuosos que vienen en camello desde el Oriente saben del nacimiento y vienen a adorar al niño Jesús. Luego de adorar al Niño Dios, cambian de ruta y evitan regresar con Herodes, quien les había solicitado información del “Rey de los Judíos” a su regreso.

La Tradición Oral sostiene que estos hombres, los Reyes Magos, se fueron de Palestina a Egipto para comunicar el nacimiento del Redentor y el inicio de una nueva era para la Humanidad. Luego de cumplida la misión, regresaron a su país por un camino diferente. Esto no figura en ningún evangelio, se trata de algo más bien transmitido de labios a oídos, algo que a veces es considerado como leyenda, otras como farsa.

Edouard Schuré nos cuenta en su libro Los Grandes Iniciados: “Llegados del Lejano Oriente, tres magos atraviesan el desierto y se encaminan hacia Belén… se postran ante el recién nacido para adorarlo y ofrendarle el homenaje de oro, incienso y mirra, símbolos de sabiduría, compasión y fuerza de voluntad”.

El mismo Schuré se cuestiona sobre el significado de esta visión y concluye lo siguiente: “El evangelista que nos relata la escena, traduce, en el lenguaje de los adeptos, que los Magos de Oriente dieron la bienvenida en el infante de Belén, a una reencarnación de Zoroastro”.

Llegamos aquí a una noción difícil de comprender para nuestra mentalidad occidental: la reencarnación. Esta teoría de vidas sucesivas que nos parece más bien un desvarío de religiones orientales y que sarcásticamente destrozamos en nuestras ignorantes tertulias, confundiéndola pasmosamente con la metempsicosis y tantas otras degeneraciones doctrinarias.

La primera vez que estuve en contacto con esta teoría fue a mis doce años de edad cuando llegó a mis manos un viejo ejemplar -que aún conservo- del libro Ensayo Sobre el Destino, escrito por don Alberto Masferrer entre 1916 y 1920.

Según Matilde Elena López, para 1916 Don Alberto regresa al país. “Ya viene maduro y completo con sus cuarenta y ocho años a cuestas. Pero también viene un tanto amargado porque ha visto de cerca la guerra. La amable Europa, la culta Europa que él ha admirado tanto, resulta despedazándose en aquella matanza horrible. Ciencia, filosofía, letras, religión. Todo lo tiene Europa y gentes que bebieron luz y saber a raudales, se tornan caníbales de un día para otro. Debajo de aquella hermosa superestructura cultural, está la armazón económica, la sociedad capitalista.”

Es con esa amargura, influencia ineludible, que Alberto Masferrer profundizó en las interioridades de su propio ser, para dar a luz el argumento en favor de la reencarnación plasmado en su Ensayo Sobre el Destino. Ese argumento que yo leía y poco comprendía en mi pubertad, pues mi mundo estaba formado nada más por esa aldea llamada Ciudad de Alegría y mi horizonte apenas me permitía ver cómo el sol nacía detrás del Tecapa.

Acaso tomaba agua de la misma fuente en El Lenguar o en Las Pilas. Indudablemente pisaba las mismas calles empedradas. Cosas que yo veía con ojos límpidos e inocentes, cosas que entonces veía como el motivo de sus Niñerías. El planteamiento masferreriano llega a mí por la magia de un libro, el cual me confunde, choca con mi formación católica y me sacude. Inesperadamente surge un interés creciente, que no ha hecho más que aumentar con el paso de los años.

Con la formación médica, el asunto cobra mayor importancia. Al principio, en mis cursos de Embriología, Anatomía, Fisiología y Bioquímica, la teoría de las vidas sucesivas me parece ilógica e inverosímil; pero un par de años después, en los cursos de Psicología y Psiquiatría la cosa cambia. Me doy cuenta que la Psique es más misteriosa de lo que uno jamás puede imaginar.

Llega luego a mis manos el libro de Brian Weiss: Muchas vidas, muchos maestros. En la portada se lee que trata de la historia real de un psiquiatra y cómo la terapia de regresión lo conduce hacia hallazgos heréticos, a la luz del dogma científico imperante.

Weiss señala en el prefacio de su obra: “A lo largo de la historia, la humanidad siempre se ha resistido al cambio y a la aceptación de ideas nuevas. Los textos históricos están llenos de ejemplos. Cuando Galileo descubrió las lunas de Júpiter, los astrónomos de su época se negaron a aceptar su existencia e incluso a mirar esos satélites, pues estaban en conflicto con las creencias aceptadas. Así ocurre ahora entre los psiquiatras y otros terapeutas, que se niegan a examinar y evaluar las considerables pruebas reunidas acerca de la supervivencia tras la muerte física y sobre los recuerdos de vidas pasadas. Mantienen los ojos bien cerrados.”

Recientemente en un viaje de trabajo a Guatemala, encuentro en una famosa librería de la ciudad El Viaje de las Almas, del psicólogo e hipno-terapeuta Dr. Michael Newton, quien presenta el estudio de 55 casos de personas que recuerdan en detalle sus vidas anteriores. No dudo en comprarlo. El encuentro fue casi mágico. Sin embargo, nunca lo leí completamente. Lo di prestado, y por supuesto, aún no me lo devuelven.

Han sido años de lectura y búsqueda. Entre mis libros más queridos y que explican ampliamente esta materia están: Las Doctrinas Secretas de Jesús, La Vida Mística de Jesús y Las Mansiones del Alma del Dr. Harvey Spencer Lewis, así como Interludio Consciente de Ralph Maxwell Lewis. Fuentes de agua para mi tormentosa sed, sed que se aplaca con su lectura y resurge al andar en el mundo actual, confuso y caótico. A veces viene a mi memoria la frase atribuida a Santo Tomás: “Hasta no ver, no creer”. Y sigo preguntándome, investigándome y cuestionándome. 

En este andar, tras la pista de la Verdad, vuelvo una y otra vez al mundo literario de El Salvador, porque el mundo local de la ciencia rara vez dice algo sobre el tema, no le interesa pues tiene asuntos más apremiantes que atender. Me parece que, en las letras salvadoreñas, además de Don Alberto Masferrer hay muchos más a favor de la teoría de vidas sucesivas, entre ellos está el caso por demás interesante de Salvador Salazar Arrué, el hombre que tiene tres nombres y un mundo suyo pero desconocido.

Salarrué nos dice en el prefacio de O-Yarkandal: “… alguien en mí (quien es mejor que yo) pudo transmitir a mente y mano el freno de oro que regula escogiendo lo mejor entre lo mucho. Este mejor que yo, debo explicar que no me asombra ya más. Le llamo aquí (como antes en mis otros escritos) mi súper-conciencia, mi alter-ego, mi verdadero Yo permanente, la individualidad que usa la persona (léase máscara) cada vez que en cada nueva vida y a quien vine al fin a nombrar y nombraré acaso por siempre: Sagatara.”

Alguien dirá que este fantástico recurso es uno más de los miles de inventos del Gran Sagatara, pero yo lo veo como una confesión sincera y auténtica, sin ambages ni posturas sabiondas. Un párrafo antes, Salarrué se ha preguntado de dónde le vino esa lingüística, esos “residuos melódicos”, esas resonancias de lenguas como el sánscrito, el guaraní, el griego, los dialectos del Irán y el árabe si nunca en esta vida fueron por él habladas ni estudiadas. Esa es la base sobre la cual concluye que dentro del Salarrué salvadoreño, habita un Sagatara universal, que debió haber vivido y hablado todas esas lenguas, en encarnaciones pasadas.

Masferrer envía una carta de agradecimiento a su amigo Salarrué el 26 de noviembre de 1925 por haberle llevado los originales de su libro O-Yarkandal y le dice, entre otras cosas: “Si yo buscara una frase para sintetizar la impresión que me causó su libro, me parece que sería éste: deleites para el ojo y para el oído. Le deseo el mejor éxito, y estoy seguro que lo alcanzará, si hace conocer su libro a un público selecto y refinado”.

El Niño Dios adorado por los Reyes Magos, años después, convertido ya en un hombre, sabio y ungido por el Espíritu Santo, le responde a Nicodemo: “Lo que nace de la carne, es carne; y lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te asombres que te haya dicho: Es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido. Pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”.

 

David Rodríguez-Araujo

San Salvador, 6 de enero de 2021