– ¿Cómo quiere que le diga: Saulito o Doctor?

Esa fue la primera pregunta que contesté en mi servicio social.

A las 7 a.m. estaba ya instalado en el consultorio. Cuando niño, esa parte de la Unidad de Salud era un amplio y soleado patio donde corríamos hacia todos lados, mientras esperábamos consulta o vacuna.

Recuerdo que Cristian se rompió la frente en sexto grado de primaria. Corríamos a toda velocidad, doblamos la esquina derrapando y al subir la primera de las dos gradas en la entrada principal de la escuela se deslizó, besando su rostro el agudo filo de la segunda.

Brotó la sangre, rojo rutilante, a borbollones.

La unidad de salud estaba cerrada. Eran las 2 p.m. de un caluroso día de febrero de 1986. Había paro de transporte público. En esa década, la guerrilla presionaba al gobierno imponiendo paros al servicio de transporte de pasajeros.

La enfermera de “azul” (Licenciada en Enfermería) no había llegado.

Doña Cecilia llevó caminando a Cristian por cinco kilómetros de piedras y polvo, hasta el hospital más cercano, en Santiago de María. Ahí lo suturaron. A su regreso, fueron siete cinchazos que marcaron las nalgas y parte de la espalda, para que aprendiera.

Ese día juré que iba a ser médico. Y que un día, regresaría al pueblo, para atender niños que se rompieran la frente por ser libres, como las cotuzas.

Pues bien, era jueves 3 de enero de 2002. Y ahí estaba yo de regreso en aquel pueblito. Yo era todavía flaco, usando una bata blanca y una corbata negra con dibujitos de Piolín para que los niños me tuvieran confianza.

La pregunta fue lanzada por la niña Vilmita, “la enfermera de blanco”.

Hacía ya más de dos décadas que la niña Vilmita me había administrado todas las dosis del esquema nacional de vacunas; pero ella no había cambiado nada, parecía ser exactamente la misma persona. La imagen de su rostro congelada en mi pantalla mental era idéntica.

Debo agregar, que ella también me inyectó con mano suave el suero intra-lesional y las catorce dosis de vacuna antirrábica peri-umbilical, gracias a mi mejor amigo, el perro de mi vecino, Ping-Pong. ¿Cómo podría olvidar su rostro? Era casi traumático.

Pero volvamos a enero de 2002.

No había finalizado enero cuando los casos interesantes empezaron a aparecer. Julio César era entonces un flacucho niño, de unos 12 años quizá, que entró por la puerta del consultorio seguido de su madre.

A penas podía abrir el ojo izquierdo. Un edema bi-palpebral unilateral colapsaba su ojo achinado. Ante la pregunta: ¿Por qué consultas? La respuesta fue inequívoca: Fiebre. Y una linfadenopatía pre-auricular detectada a la palpación me hizo recordar a nuestro amado maestro Clavelito.

El signo de Romaña, la semiología y el Dr. Clavelito brillaron como una constelación de recuerdos y risas que viajaron hasta mí desde un tiempo y un espacio remotos como las ventiladas salas del Hospital Rosales.

De algo sirvieron tus magistrales clases Dr. Clavelito. Un médico de pueblo puede decir que es un digno descendiente tuyo y tú no te avergonzarás.

Cuando veinte años después, siendo ya un adulto, esta persona sufra con toda seguridad las consecuencias de una cardiomiopatía dilatada –pensé para mí – no estaré ahí para pedir perdón. Mejor escribo el diagnóstico.

Es fantástico asumir, por primera vez, que después de Dios y el cura, sos vos la persona más importante del pueblo. Ni el director de la escuela, ni el jefe de correos ni el alcalde. Sos vos la tercera persona de la Divina Trinidad, ahí donde el Diablo perdió la chancleta.

Es casi orgásmico sentir que puedes evitar la segura muerte de un niño.

Luché. No borré el diagnóstico por más órdenes de mi director. ¡Qué se joda! –pensé. Esto es Chagas Agudo. Punto.

Nunca nadie antes había diagnosticado un Chagas Agudo en el pueblo. ¿Cómo es posible que este mata-sanos inexperto venga ahora con esas babosadas? –se preguntaban todos.

Eso implicaba para Saneamiento Ambiental más trabajo. Fumigación intra y peri domiciliar. Y seguramente una supervisión de la Regional. Pero Alegría toda era rural y pobre. No hay de qué extrañarse. Las casas en su mayoría eran de bahareque y lámina.

– Dígame David, por favor –, esa fue mi respuesta a aquella primera pregunta. Desde entonces, me llamaron el Dr. David.

Y para algunos, fui como San Judas, especialmente para la madre de Julio César. Para otros, solamente un jovencito engabachado jugando a ser médico.

El diagnóstico fue verificado en un concentrado de Strout, en aquel Hospital de Santiago de María que aún seguía en pie.

– ¡Chulada de Tripanosoma cruzi! – me dijo al teléfono la licenciada de laboratorio.

Le pedí a Julio César que capturase algunas chinches en su casa y que las colocara en una caja de fósforos. Me llevó cinco cajas llenas de unas bellas y coloridas chinches picudas llamadas elegantemente Triatoma dimidiata.

Los especímenes fueron estrujados hasta sacar sus heces. Las heces fueron analizadas al microscopio por “los de celeste”, en un laboratorio de la departamental en Usulután. También estaban positivas al parásito.

Con el diagnóstico certificado por el laboratorio, los compañeros de Saneamiento me odiaron un poco más, pero también empezaron a respetarme.

Mi compadre Luis, que también era tío, me llevó entonces una humeante taza de café. De ese grano preparado artesanalmente, secado bajo la luz del Sol más bello de la Tierra y tostado en los comales de barro, de ese, del que Salarrué hacía sus cuentos.

Recordamos aquella vez que jugando al fútbol, el compadre-tío se rompió la clavícula. Y de cómo yo hubiese querido entonces estar grande y ser médico para ayudarlo. Todos queríamos ganarle al Once Berlinés, donde jugaba el cipote eléctrico.

Un año nuevo iniciaba, no sólo con la dolarización del país – que pasó a segundo plano para mí – sino con mi nombramiento de médico en servicio social. Un médico de pueblo, por fin.

 Dr. David Rodríguez

Columnista de RV