El pueblo era entonces un puñado de casas blanqueadas con cal que se deslizaban en la falda del volcán Tecapa. Casas altas, con techos de tejas, ventanas y persianas de madera, calles empedradas, el viento del norte en octubre nos dejaba el clima fresco, el aire puro. Comíamos abundantes mangos, jocotes, guayabas, zapotes, mandarinas y naranjas. Jugábamos al fútbol en la calle, hasta la noche. Desde el viejo campanario contemplábamos la plaza, el parque y el valle del río Lempa.

Asistíamos a catecismo la tarde de los sábados. Corríamos todos los días, menos el Viernes Santo. Comíamos torrejas y jocotes en miel, tortas de pescado en Semana Santa. Alfajores el Día de Muertos. Tamales en cada novenario y en Navidad.

Eran los años de la guerra. Cruenta y fratricida guerra que pasaba frente a nosotros como película. Sin embargo, vivíamos en un estado de felicidad constante, solamente interrumpido por los sobresaltos de los bombardeos y los combates que ocurrían de vez en cuando. Un par de sustos. Una guinda huyendo de la polvorienta soldadesca que pretendía reclutarnos, y ya.

Tuvimos una bella escuela con la escultura de Alberto Masferrer en el centro de aquel patio donde corríamos jugando al ladrón librado. Entonces la currícula incluía dos horas de deporte a la semana. Hasta el sexto grado tuvimos una hora de música semanal. Recuerdo a Don Julito Ortiz enseñando solfa y entonando las sagradas notas del Himno Nacional con su amado violín.

Tuvimos grandes profesores. Eran maestros de vocación como ellos mismos decían orgullosos. Nos cuidaban como a sus propios hijos. ¡Cuántos consejos! ¡Cuántas miradas para reprendernos amorosamente! ¡Cuántas risas por nuestras locuras y cosas de niños! Gracias a ellos aprendimos a leer, escribir, sumar, restar, y un largo etcétera de conocimiento. No eran perfectos, como comprendimos años después, pero eran grandiosos.

Para alimentar nuestro espíritu, aprovechaban cualquier celebración: Día de la Madre, Día del Padre, Día del Maestro, fiestas patrias... todo era motivo para organizar un acto artístico. Declamábamos poemas (algunos incluso escritos por ellos), bailábamos Bajo el Almendro o El Carbonero. Todos debíamos participar, hasta los más insensibles. Sí, la escuela era algo maravilloso.

Fuimos un grupo de niños afortunados, a pesar de la guerra y los miedos que nos acechaban. En las casas se recogían grupos familiares armónicos, con las excepciones que siempre existen. La vida comunitaria era una belleza, con sus consabidos chambres y rumores pueblerinos, pero nada más allá de eso.

Sin embargo, existía otra niñez que nuestra inocente mirada no alcanzaba. Otros miembros de nuestra generación, tan invisibles que ni siquiera nosotros podíamos ver. Niños hijos de soldados y guerrilleros que murieron en combate, de mujeres violadas y asesinadas con barbarie, niños cuyos padres acusados de comunistas huyeron del país y los dejaron al cuidado de abuelas y tías. Niños que no tenían una casa de paredes blancas y amplias ventanas llenas de luz y de vida, que no tenían escuela donde alimentar su espíritu, que no tenían a maestros como los nuestros.

Esos niños también crecieron. Algunos sobrevivieron y se convirtieron en hombres y mujeres de bien. Pero otros no, lamentablemente. A otros no les alcanzó la fuerza interior para desarrollarse y superarse, sucumbiendo a la barbarie y al maltrato de la sociedad violenta y esquizofrénica que alimentaba su dolor, su resentimiento, su odio y también su locura.

En su Índice Social, Camilo Campos afirma: “Estos pueblos ─que aprecian más un caballo que un niño, como observaba Spencer─ que cuidan más de un árbol de café que de un alma, en verdad que tienen que atravesar doloroso calvario. Sangrarán, fatalmente, irremisiblemente, con todas las tiranías del cuerpo y del alma; y si no se redimen a fuerza de amor a los niños, desaparecerán como mesnadas en la Historia. Porque es ley que los núcleos de conciencia atrofiada se hundan…”

Estamos cosechando lo que sembramos por más de cuarenta años. Pasamos por un calvario doloroso. Solo seres insensibles pueden ser inconmovibles ante los miles de almas perdidas, atormentadas, confundidas, enloquecidas. Miles de almas que llenan hoy las mazmorras de la ignorancia, de la infamia, de la desolación. Con ellos arrastran a sus familias, a sus madres dolorosas que esperan frente al volcán de Izalco a que El Faro del Pacífico vuelva a encenderse.

Alberto Masferrer dice: “… El hambre, la injusticia, la miseria, el desamparo, la ignorancia, el ejemplo, el menosprecio, le indujeron a pecar”. Entiéndase pecar como delinquir, asesinar, violar y todos los matices del hacer daño a su prójimo, solo porque sí, solo porque la rabia y el odio lo impulsan a ello, o tal vez por simple maldad y diversión.

Como nación creamos un monstruo. Olvidamos cultivar a la niñez de dos décadas, la de la guerra y la de postguerra. Hoy pagamos las consecuencias. Argumentará un tecnócrata que es una minoría y pensará que extirpando el cáncer que se aferra a los tejidos y destruye el cuerpo social, se eliminará la enfermedad, olvidando que, en lo invisible, al margen de la herida quirúrgica, quedarán células precancerosas que irremediablemente crecerán en el futuro. Que, alimentadas con los mismos males de ayer, a la vuelta de veinte años, tendremos otro fenómeno similar.

Por supuesto que hay una mayoría que fue cultivada y que vive modesta y dignamente, como mis compañeros de escuela, como mis vecinos de barrio, como mis amigos, que tan afortunados como yo, tuvimos amor, alimento, abrigo y educación básica. Me pregunto: ¿Soy solo yo o también mis amigos de infancia estarán pensando que uno de nosotros podría también estar tatuado por el dolor? Que uno de nosotros pudo perderse, descarrilarse, como les gusta decir a los moralistas hipócritas.

Masferrer va más allá con su Primera Piedra y dice: “El pecado del hombre es siempre colectivo. Sea quienquiera el pecador y su pecado, con él pecamos todos; pues ni se formó, ni vive solo.” Y para cerrar con broche de oro pregunta: “Fácil es sentenciar a muerte o a prisión perpetua a un criminal. ¿Pero es justo?”.

 

San Salvador, 7 de mayo de 2022

David Rodríguez y Araujo

Columnista de EC