A la memoria de Lapicero

El título de este artículo corresponde a un fragmento de la canción Payaso, compuesta por el cantautor, compositor y músico español Juan Gómez Canca, conocido en el medio artístico como Kanka, en ella hace alusión a la vida del payaso, que con su cara pintada vive las más complejas circunstancias de su cotidianidad, en ocasiones reír por no llorar.

El 13 de diciembre del año recién pasado, dejó de existir el buen amigo Edgar Enrique Mejía López (+), conocido como payaso Lapicero, nacido en Santa Tecla, hijo de doña Herminia Mejía (+), quien con sacrificio y amor sacó adelante a sus 10 hijos, sin imaginar que uno de ellos se convertiría en payaso, el cual como muchos de nuestros niños creció en la pobreza, lo que nunca lo amilanó.

Su vocación nació de su asidua asistencia a las carpas, aprendiendo en ellas, algunos «sketches» (escena de corta duración y tono generalmente humorístico), de grandes payasos, que lo llevaría junto a sus amigos a conformar un grupo artístico, a fin de visitar escuelas públicas de Santa Tecla a su corta edad.

Asiduo participante de las veladas en su escuela «Daniel Hernández» de Santa Tecla, se inició en el «clown» como el payaso Cascurriche, bautizado por su hermano José Mejía (+), en alusión a una persona de alta estatura y piernas corvas. Ingresó al grupo Generación 84 de la colonia San José del Pino, donde conoció a Jorge Eduardo Alvarenga, “Chilillo pocas Hojas”, quien le cambió el nombre a “Lapicero poca Tinta”, por su complexión delgada.

Fue parte del equipo de conducción del programa el Taller de Nazareth, en una radio católica del país, hasta la llegada de la pandemia de Covid-19, lo que obligó al cierre del programa, pero no todo fue miel sobre hojuelas en su vida, siempre recordó con nostalgia el fallecimiento de su amada madre, estando en una presentación del grupo Generación 84, así como otras que prefirió callar, aplicando la frase de Charles Aznavour “el show debe continuar”, que refleja que el payaso se debe al público a pesar del dolor en su corazón.

Muchas veces escuchó la expresión peyorativa “eres un payaso”, a lo que contestó: “El payaso es un arte, digno y hermoso, me gusta lo que hago, estoy enamorado de mi personaje, no niego que se sufre, en ocasiones presentamos una sonrisa por fuera, pero nadie sabe que por dentro estamos destrozados, esa es la vida de un payaso, hacer reír a la gente”.

Nunca se arrepintió de ser payaso, “Si volviera a nacer, lo volvería hacer”, con dificultades personales entregó su vida a Cristo, por lo que su vocación tuvo otro sentido: “El mejor regalo que Dios me ha dado, es robarles carcajadas a las personas, es lo más satisfactorio que se tiene en la vida”. Sirva este merecido reconocimiento a su memoria, que, con sus ocurrencias y maquillaje exagerado, ayudó al tecleño de a pie a olvidar por unos instantes las etapas tristes y difíciles que tiene la vida.

Descansa en paz, payaso Lapicero.

Marlon Chicas

Columnista de Radio Vozs