Bien que mal, El Salvador, a partir de los Acuerdos de Paz, empezó a reconstruir su Democracia, construcción bastante saboteada por los grupos de poder económico, que ajustan los parámetros democráticos a su gusto y sabor. Pese a ello, quedaron establecidos muchos pilares democráticos que poco a poco, con mucho esfuerzo, sostenían el posible rumbo del país o las posibilidades de construir un rumbo para todos. Sin embargo, con la llegada de la nueva presidencia, esta escasa base democrática en El Salvador empezó a ser demolida.

La corrupción, en el sentido de desviarlas a lo establecido en la Constitución de la República, de la Fuerza Armada y la Policía Nacional Civil es causa de mucha preocupación.

La pobre o ninguna actuación de esos cuerpos armados en el papel que les corresponde, el sometimiento a la voluntad del presidente y no de la Ley, las maniobras de ambos jefes para burlar la justicia, la preponderancia que da el presidente a la Fuerza Armada entre otras desviaciones ya señaladas por la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia,  la dudosa reputación del director de la Policía, las actuaciones públicas que obedecen a temas de propaganda más que de interés a la población, son, sin duda alguna, la mejor muestra del retroceso democrático.

El que la Fuerza Armada y la Policía recuperen su nivel represivo, como lo estamos viendo, es ara la presidencia, garantizar que puede seguir con sus desmanes antidemocráticos.

A partir de allí, la presidencia se atreve a mostrar desacato a lo que ordena la Asamblea Legislativa, a la que ocupó con militares y policías, y a la Corte Suprema de Justicia, que amenazó, veladamente, a muerte.

No bastando con ello, interpreta la Constitución de la República a su antojo; deforma la historia reciente de El Salvador para su conveniencia política, no rinde cuentas, de acuerdo a la Ley, de los gastos presidenciales, muchos de ellos empapados de corrupción. Gasta dinero en proyectos ilusorios innecesarios, pero no tiene el fondo, ya con dinero, para las alcaldías.

Dejó sin fondos las instituciones que velan por que los gastos presidenciales sean transparentes, ataca descaradamente a la Corte de Cuentas, a la Comisión de Derechos Humanos, a las instituciones que velan por la transparencia, manipula para colocar en puestos claves a sus empleados, y un largo etcétera, que pasas por someter a los “sindicatos” y a instituciones con mucho dinero como el Instituto del Seguro Social para saquearlas como lo hemos visto.

Otro aspecto que destaca en la presente demolición de la Democracia es el ataque certero y constante a la Libertad de Expresión, como hemos visto casi a diario.

La presidencia está en constante actividad propagandística electorera, olvidándose de lo que se supone es gobierno para todos los salvadoreños.

Por supuesto, sus ministros dan muestras de prepotencia, desacato, violación a las leyes y a la Constitución de la República, tampoco dan razón de sus gastos millonarios.

Tanto el presidente de la República, como sus ministros, destacan por sus mentiras, delirios de grandeza, prepotencias, gastos inútiles, incapacidad para conducir el Estado y por estar en constante campaña electorera.

La pandemia, el reciente desastre en Nejapa, la crisis económica, social, educativa, etcétera, son base para pedir más dinero, para propaganda de su inutilidad, muy alejado de lo que se supone es gobernar.

El presidente de la República, y sus ministros, solo son delirios de grandeza, y en esos delirios demuelen la Democracia, a la que, para su desarrollo, tantas muertes aportó el pueblo salvadoreño.

Por otro lado, aunque de la misma moneda, está el silencio de la minoría poderosa, que se trasladan del partido de derecha tradicional, ARENA, a la nueva derecha atrasada muy afín a su voracidad monetaria. Asimismo, vemos a empresarios antaño fuertes y ahora quebrados, como a los que genéricamente llamamos “turcos” o “árabes”, empezar a mamar de la jugosa teta de la presidencia.

Sin lugar a dudas el pueblo salvadoreño vive su peor momento desde el fin de la Guerra Civil. El Salvador, con Nayib Bukele a la cabeza de la Presidencia, retrocedió 28 años en su Democracia, y nos espera más en el tiempo que le resta, si es que algo no sucede en el devenir que le falta.