Al joven literato Renzo Castro

Leer poesía es una dicha. Pero escucharla es una tortura. En primer lugar, porque los poetas por lo regular tienen muy mala voz e interpretan pésimamente, son aburridos, cansados hasta el extremo, y como bien sentenciaba Álvaro Menén Desleal, los que tienen voz agradable y dulce, hacen trampa, convirtiendo un texto malo en una belleza lírica. Por eso y por toda la barata vanidad que conllevan los recitales, es que me resulta tan fastidioso e insoportable, escuchar poesía.

Otro asunto es escribirla, y cuando se hace bien; ése sí es un raro y difícil oficio, que no se alcanza de la noche a la mañana, aun cuando se tenga el don.

Pero, de lo que se trata ahora, en estas seiscientas y más palabras, es referir a uno de esos autores magníficos de la poesía universal: don Juan Guzmán Cruchaga (1895-1979), poeta y diplomático chileno, que habitó entre nosotros, en dos ocasiones, en razón de su carta de embajador en el ya finado siglo XX.

Nuestro recordado Ricardo Lindo (1947-2016), nos contaba que don Juan Guzmán, era el padre del famoso juez, Juan Salvador Guzmán Tapia (1939), que tuvo el mérito de haber sido el primero en procesar al horrendo Pinochet, por sus atroces violaciones a los derechos humanos.

Como el poeta austral, encontró, en Hugo Lindo, Claudia Lars, Salarrué, Trigueros de León, Luis Gallegos Valdés, a verdaderos hermanos y amigos, y como quiso, entonces, mucho a El Salvador, su hijo, nacido en esta tierra, se llamó, Salvador. Así relataba don Richard, de forma amena y con aquella su pausada e infantil voz, esta historia, frente al cafecito que compartíamos, en esas memorables tardes de otro tiempo, cuando llovía a cántaros sobre la Alameda Roosevelt de San Salvador.

La poesía es un centauro, afirmaba Ezra Pound, el genial poeta, al que los norteamericanos ultrajaron, metiéndolo en una jaula para exhibirlo como un monstruo, al final de la segunda guerra mundial, sólo por haber sido un entusiasta propagandista del fascismo en Italia. ¡Qué ignorancia! Lo que es no conocer la especial naturaleza emotiva de los poetas. Además, las opiniones o acciones políticas de los poetas, como solía decía Arturo de Córdova en sus películas: “No tienen la menor importancia” ¡No son poetas por eso, ni su obra tiene valor por eso!

La poesía es un centauro, porque es razón; pero también porque es bestialidad, hermosa y bendita bestialidad. Por ello, García Lorca insistía en aquello de que era poeta “por la gracia de Dios –o del demonio –“, advirtiendo que también lo era “por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema”.

Desde temprana edad, esa intuición, tan natural en el poeta, lo lleva al mágico asombro del mundo y de las palabras. El poeta se asombra y nos asombra.

En esa línea, dos breves poemas, causaron en mi pubertad gran arrobamiento: “Canción” de don Juan Guzmán y “Ventana” del inmortal nicaragüense Alfonso Cortés (1893-1969).

Canción es tan pequeña, que cabe en cualquier lugar del corazón: “Alma, no me digas nada/que para tu voz dormida/ya está mi puerta cerrada. /Una lámpara encendida/esperó toda la vida/tu llegada. /Hoy la hallarás extinguida. / Los fríos de la otoñada/penetraron por la herida/de la ventana entornada. /Mi lámpara estremecida/dio una inmensa llamarada. /Hoy la hallarás extinguida. /Alma, no me digas nada/que para tu voz dormida/ya está mi puerta cerrada”.

Con este bellísimo poema, con “Ventana” de Cortés, o con “Amor constante más allá de la muerte” de don Francisco de Quevedo, qué maravilla sería cerrar los ojos, ante este mundo tan dorado como una naranja; pero tan feo y vil, en ocasiones, como la repugnante cara del fanatismo.

En “Canción”, reclamamos a nuestra propia alma, evasiva, doble, tardía en el espejo del tiempo. También es la ansiada llegada del amor glorioso, cuyo gran pecado es la inevitable escarcha de un hoy ya imposible.

Poemas como “Canción”, nos devuelven a la inocencia primera, insuflándonos radiante luz. La poesía así, es insustituible. Gratitud para esta canción, y un romance de agua pura, para usted, estimado don Juan, don Juan Guzmán Cruchaga.

 

Álvaro Darío Lara

Escritor / Poeta

Columnista EC